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21 de diciembre de 2024
Por Mónica Heras – Vogue España
Entrevista con Natalia Seijo, psicóloga especialista en trauma complejo y psicosomática médica
El cuerpo recuerda
El cuerpo recuerda. No es la primera vez que escuchamos hablar acerca de las memorias físicas que se almacenan en forma de dolores o enfermedades, como respuesta a diferentes situaciones traumáticas vividas a lo largo del tiempo.
Sin embargo, al escuchar a una de las mayores expertas en este campo, comprendemos que enfrentarse a los hechos que nos han marcado no es algo trivial, y que cuanto antes logremos procesarlos, menor será su impacto en nuestra salud.
Natalia Seijo, directora del NS Centro de Psicoterapia y Trauma en Ferrol (A Coruña), es una de las psicólogas más reconocidas del panorama científico español.
Especialista en trauma complejo, apego, disociación, trastornos alimentarios y psicosomática médica, presenta su reciente obra «El cuerpo tiene memoria» (Editorial Montena), donde explica la importancia del cuerpo no como un mero espectador, sino como un testigo que refleja lo que nos ocurre internamente.
Entendiendo el trauma
“El trauma, como diagnóstico, se explica para darle nombre a los diferentes síntomas que aparecen cuando la experiencia o el evento traumático queda sin procesar.
Cuanto más tiempo pase sin ser elaborado, mayor será la probabilidad de que deje una huella profunda y afecte tanto al cuerpo como a la mente”, explica Seijo.
El término trauma proviene del griego y significa herida. En el ámbito psicológico, se refiere a una herida emocional que deja marca.
Un hecho traumático puede generar efectos significativos en el cuerpo, cuya intensidad depende de la capacidad de la persona para afrontarlo y de la naturaleza del suceso.
Ejemplos habituales incluyen rechazo constante, humillación o ausencia de afecto, formas de trauma por omisión que dejan huellas invisibles pero duraderas.
Cuerpo y mente: una relación inseparable
Cuando el trauma no se afronta, el cuerpo reacciona físicamente.
Seijo explica que el trastorno de estrés postraumático (TEPT) suele ir acompañado de alteraciones endocrinas, como un mayor riesgo de hipotiroidismo, debido al impacto emocional prolongado.
“Durante un evento traumático, el sistema nervioso activa defensas de supervivencia —lucha, huida o congelación—.
Estas respuestas aumentan la frecuencia cardíaca, la presión arterial y la liberación de adrenalina y cortisol.
Si el trauma no se procesa, el cuerpo permanece en estado de alerta constante, generando ansiedad, insomnio e hipervigilancia.”
El estrés mantenido también debilita el sistema inmunitario, aumentando la vulnerabilidad a infecciones y enfermedades.
Además, se asocia a dolor crónico, alteraciones digestivas y problemas menstruales graves.
La memoria corporal: cuando las emociones hablan a través del cuerpo
“Las emociones incontrolables asociadas a un evento traumático impiden la integración del trauma, quedando retenidas en la memoria corporal como fragmentos congelados que contienen sensaciones y emociones: miedo, dolor o rabia”, explica Seijo.
Cuando no son liberadas, estas emociones se manifiestan como síntomas físicos que alertan de que algo permanece sin resolver.
Un ejemplo clínico lo ilustra con precisión:
“Trabajando con una paciente, mientras hablábamos de un tema que le dolía, empezó a tener picores y estornudos. Me dijo que eran síntomas de alergia. Le pregunté: ‘Si ese picor fuese el que sientes por alguien de tu vida, ¿quién sería?’ Me respondió: ‘Mi tía, la persona que más me ha lastimado.’ Es nombrarla y me pica todo el cuerpo.”
Infancia y patrones de somatización
Según Seijo, muchas dolencias adultas tienen su raíz en patrones aprendidos durante la infancia.
“Si de niños no nos sentimos vistos, podemos desarrollar estrategias para conseguir atención.
Por ejemplo, si solo nos cuidaban cuando nos dolía la barriga, podemos interiorizar la creencia de que en esta familia hay que enfermarse para que te hagan caso.
Así se genera una tendencia a somatizar sin conciencia del porqué.”
Escuchar al cuerpo para sanar
La psicóloga enfatiza la importancia de escuchar las señales del cuerpo:
dolores recurrentes, cansancio extremo o alteraciones menstruales pueden ser indicativos de heridas emocionales no resueltas.
“El trabajo psicoterapéutico ayuda a reconocer aquello que seguimos cargando con una gran carga emocional.
Lo que no se resuelve se convierte en una herida que lastima”, afirma.
Muchas veces, estas heridas se mantienen activas por defensas psicológicas que intentan protegernos del dolor, pero que dificultan la curación.
Recomendaciones para el bienestar
Seijo propone fortalecer los vínculos saludables, relacionarse con personas que validen y respeten nuestras emociones, y permitirse expresar el dolor —a través del llanto, la palabra o la risa— como forma de liberar tensión corporal.
“Debemos quitarnos cargas innecesarias, dejar de lado críticas y juicios que no nos pertenecen y aprender a disfrutar.
Reír, descansar y compartir con personas que nos hagan bien también son actos terapéuticos.”




